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“Los Héroes en Colombia sí existen”: Más que un slogan.

05 de diciembre de 2009

Cuando inicié en el mes de agosto de 2009, en el Batallón de Infantería Mecanizado No 6 Cartagena, el curso de formación para ser Oficial Profesional de la Reserva del glorioso Ejército Nacional de Colombia, conocía el valeroso papel que desempeñan los soldados de la patria como salvaguardas del territorio en sus tres dimensiones a saber: Tierra, mar y aire y del orden constitucional y legal de nuestro país. Digo conocía no en sentido amplio sino más bien estricto, porque solo en la medida en que avanzábamos en el proceso de formación, aprendí también, al lado de muchos otros importantes conocimientos, a valorar y entender la real dimensión de la entrega y sacrificio que garantiza a los civiles la tranquilidad de gozar plenamente, entre otros derechos, de la libertad de locomoción a lo largo y ancho del territorio nacional, y a sentirse protegidos en su vida, honra y bienes, de las reprochables, acciones vandálicas que históricamente han sembrado el terror en la sociedad civil, y cuyas acciones han sido neutralizadas por parte de este grupo de valerosos seres humanos que en algunas ocasiones incluso, llegan a entregar su vida si es necesario, por protegernos. Así lo hizo el Teniente Nelson Darío Bedoya Zuluaga, quien dos semanas antes de su sacrificio supremo en las selvas del Caguán, escribió una la oración de guerra, la cual entre otras profundas frases reza: “Haz oh señor que mi alma no vacile en el combate y que mi cuerpo no sienta el frío temblor del miedo. Haz que yo te sea fiel en la guerra, como te soy en la paz, haz que la sed y el hambre, el cansancio y la fatiga no la sienta mi espíritu, aunque la sientan mi carne y mis huesos”. Él es uno de los miles que han caído en combate y de quienes en ocasiones ni llegamos a enterarnos que existen a menos que algún medio presente sesgadamente, alguna información sobre el suceso en sí o sobre el dolor de la familia en cuyo seno no se contará en adelante, con la presencia de ese hijo, padre, esposo o compañero, hermano o amigo.

Todo este nuevo mundo, ha permitido que al lado de mis cursos, iniciemos este camino, y ampliemos el panorama en el que ya me visionaba desde hace varios años y por motivo por el cual, ingresé al Grupo CIAME (Civiles amigos del Ejército), en el que por un año aproximadamente, vivimos maravillosas experiencias al lado de ese admirable equipo que conforma Acción Integral, liderando diferentes actividades cívico militares, encaminadas al fortalecimiento de las relaciones de confianza de la población civil con los soldados de la patria, de la mano por supuesto de un equipo integrado por los profesionales de la salud del Batallón, los Oficiales Profesionales de la Reserva, comandados por el señor Teniente Coronel de la Reserva Armando Pugliese Gómez, quien además de ser un destacado Arquitecto en la sociedad Guajira, tiene bajo su responsabilidad, la dirección de este selecto grupo integrado por comprometidos y preparados hombres y mujeres, representantes de diversas áreas de formación profesional.

En el proceso de formación, nos empoderábamos de los conocimientos, la disciplina militar y todo lo que compone el ser parte de esta compleja y honorable institución. Cada instrucción, cada actividad, reafirmaba el deseo de continuar por este sendero, dando lo mejor de cada uno, para estar acorde con las exigencias de la preparación a la cuál voluntariamente accedimos, motivados por el deseo no solamente de obtener un grado y portar con orgullo nuestro uniforme, sino además, de ser coherentes con la responsabilidad social que como ciudadanos tenemos frente a las necesidades de la nación.

Hace diez días aproximadamente, se realizó el esperado “terreno”, en el que durante treinta y seis horas aprendimos y vivimos como lo hace un soldado, muchas veces durante meses, en alguna selva inhóspita de Colombia. Es indescriptible la sensación que se vive, estando allí, imaginando que estamos en algún lugar apartado a merced de nuestra propia gestión de supervivencia, aunque realmente hayamos estado en el mismo batallón, gozando de la protección y sensación de seguridad que brinda, el sabernos en ese resguardado lugar. Cuantas veces en esas treinta y seis horas, debimos acudir a lo más extremo de nuestra reserva de fuerzas, para no “despencarnos” como popularmente se dice en el argot militar, aunque ello no haya evitado que sucediera; otros dos cursos y yo, sentimos como nos desvanecíamos ante alguna de las difíciles y exigentes pruebas cuya exigencia física nos afectó y hasta nos hizo preguntarnos: ¿Qué hago aquí?, e inmediatamente la respuesta llegó: Por convicción, porque quiero, porque anhelo ser una Oficial Profesional de la Reserva y responder a mi vocación de servicio, porque sé que como ser humano puedo dar Todo por la Patria!

Convivir, integrarnos, armar nuestro cambuche, llevar ese pesado morral donde estaba todo lo que necesitábamos para esas largas horas para nosotros (cortas cuando se tienen las comodidades diarias), cargar el fusil, ese pesado casco y el chaleco con los proveedores de rigor, cocinar nuestro propio alimento, el que a veces se consume como autómatas, y que solo en momentos como este, se valora de verdad. Todos los momentos que sumados conforman esta experiencia, cambiaron nuestra vida radicalmente. Nada se compara con ese momento memorable, en el que salíamos a la troncal del Caribe (aunque mi primero Díaz nos mentalizó que se trataba de la carretera entre Neiva y Florencia y veníamos de San Vicente del Caguán), y después de algún trayecto corto nos esperaba un grupo de niños que anhelaba una actividad recreativa prometida por mi primero Díaz, que más que ser una prueba más del terreno, se constituyó en un reconfortante momento de recuperación de fuerzas, de sentimientos de orgullo, de alegría, de nostalgia, de cansancio desaparecido sorpresivamente ante la energía de la inocencia de esos infantes de mirada diáfana, de esperanza en esos seres mágicos que tienen la responsabilidad de seguir transformando un país con ética y compromiso. Les confieso que lloré con emoción al ver sus rostros, y aún se llenan mis ojos de lágrimas solo al recordar aquel inolvidable instante y la forma como amplió mi perspectiva el haberlo vivido. Después de un sociodrama con un hermoso mensaje, bailes, música, pintucaritas y sobre todo, honestidad en nuestra intención de compartir un instante de alegría, nos despedimos para finalizar el terreno con una triunfal entrada a nuestro Batallón, no sin antes limpiar el fusil y entregar el equipo. Sé que lo vivido ha transformado mi vida para siempre, sé que mi compromiso es férreo y coherente con mi responsabilidad como ciudadana en lo civil y en lo militar, sé que estoy en la institución a la cuál anhelé pertenecer y que la ética es mi guía en el camino a seguir, sé que en Colombia los héroes sí existen, Dios los proteja en su honorable y valerosa labor por la patria.
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